Durante el verano de 2026 visité el dojo Kyokushin Pointe-Claire, en Montreal. No fue una sola clase. Fue una serie de visitas, y en cada una el dojo me abrió la puerta para entrenar.
Entrenar en otro tatami obliga a adaptarse: otro ritmo, otro espacio y otra manera de corregir. También obliga a escuchar. El trabajo de esas visitas fue el de una clase regular de Kyokushin: kihon, desplazamiento y la disciplina de repetir hasta que el movimiento se sostenga.
Sensei Jasmine Staco y los cinturones negros del dojo hicieron que esas visitas se sintieran como entrenar en casa. Había respeto al inicio, trabajo claro en el centro y una comunidad que incluye desde quien empieza hasta quien ya lleva años en el tatami.
También entrené con Shihan Roman y con el resto de los instructores. Cada ocasión fue una invitación a subirse al tatami, no a observar desde fuera.
El dojo Kyokushin Pointe-Claire publica su trabajo aquí:
Quiero agradecer a Shihan Roman, a Sensei Jasmine Staco y al resto de los cinturones negros y alumnos por hacerme sentir en casa e invitarme a entrenar en cada ocasión durante el verano.
